Estaba nervioso en mi primer día; llegué cargando en la espalda la guitarra que mi padre me prestó, muy a su pesar. Mi familia, harta de verme pasar tanto tiempo encerrado, me mandó arriba del ayuntamiento; ahí estaba la Casa de la Cultura. Daban clases de ballet, canto, tamborileros, zapateado; lo único que se acoplaba a mi arisca personalidad adolescente: "Rondalla".

Le pusieron un sello del ayuntamiento a mi carnet. Escribí en unas líneas Mi nombre, edad, teléfono; pegué mi foto tamaño infantil y atrás dibujé un animal con el que me identificaba. Subí los tres pisos cuidadosamente; los escalones eran muy delgados para mis pies. Sentí mucho vértigo cuando me asomaba a los pisos de abajo; lo único que escuchaba eran los ecos de las máquinas de escribir de las secretarias. Una puerta decía: "Rondallas —vespertino—". Entré; no había nadie. Llegué demasiado temprano, supuse. Con la guitarra aún en mi espalda me puse a mirar por la ventana. Parecía un umbral a otro mundo, donde todos eran hormiguitas caminando apresuradamente de un lugar a otro por líneas grises. Sonó el reloj del pueblo: ya eran las cinco de la tarde y aún no llegaba nadie. De repente…

—¡Buh! ¡Hola! ¿Eres nuevo?

—Sí, ¿Y el Maestro?

—No sé, no ha llegado. Siempre vengo temprano porque me gusta comerme un elote antes de empezar. Soy Fernanda.

—Soy Beto.

—"Ahí va el capitán Beto por el espacio".

—¿Por el espacio?

—¡Spinetta hombre! A ver presta la guitarra.

—¿No será que tú eres la maestra?

—Claro que no, pero te puedo enseñar algo.

Tenía el uniforme de otra preparatoria a la que iba; olía un poco a sudor y en sus labios aún había algo de queso del elote que se había comido, vestigios de alguien que vive acelerada y come a destiempo. Su cabello era increíblemente cónico y rojo, como focos de Navidad; ojos tan profundos, enmarcados en ojeras. Cuando sonrió, vi una sonrisa con frenos y ligas verdes.

—Ven, siéntate conmigo ¿Te sabes el círculo de Sol?

—No sé nada, es la primera vez que vengo.

—Te enseño, el maestro ya está tardando a lo mejor ni llegue, nunca avisa.

Puso mi mano en los trastes, acomodó mis dedos en la posición correcta hasta que logré hacerlo por mí mismo.

—Bien, ahora rasga las cuerdas despacio, como si quisieras acariciarlas.

Ella también tomó su guitarra y comenzó a tocar conmigo. Mientras lo hacía, tarareaba tan hermosamente que me distraía, dejándome contemplar el sonido cristalino de su voz. Sus labios gruesos y marrones brillaban salivados. Volvíamos desde arriba una y otra vez; juzgaba la posición de mis dedos en los trastes y, de vez en cuando, ella dejaba escapar una mirada hacia mi rostro.

—Aprendes rápido, a mí me tomó más tiempo, me distraigo.

—Eres buena enseñando. Ambos sonreímos.

La luz comenzaba a escaparse entre las muescas de los ventanales. Nos dejaron plantados; aun así, fue la mejor clase de guitarra que pude tener.

—¿Vamos por un elote?

—¿Otro?

—Si ¡Me encantan los elotes!

Nos sentamos en la banca del parque. Viéndola devorar su elote, tuve una de las experiencias más bizarras de mi vida; quería acercarme a comer el perfume natural de mujer, quería absorber todo lo invisible que la rodeaba. Estaba tan absorta desgranando el maíz con los dientes y, al mismo tiempo, cuidando que no se quedara atorado en sus frenos, que me pareció una grosería interrumpir su performance. Comenzamos a platicar; cada detalle la volvía más interesante. Usaba la manga de mi camisa para limpiarse la mayonesa y el queso de su cara.

De alguna forma, llegamos a la música que nos gustaba. Le dije que sabía un poco de rock, pero no era un gran fanático de nada. Preguntó si conocía a Spinetta, Bob Dylan o Pink Floyd. Gritó emocionada cuando le dije que no. Sacó de su mochila el disco Dark Side of the Moon y dijo:

—Es el mejor disco del mundo, mi papá me lo regaló en mi cumpleaños, siempre lo traigo, ¿Quieres escucharlo?

—Vivo a unas calles de aquí, podríamos usar la grabadora de la casa.

—¡Vamos! ¡Te juro que lo vas a amar!

Era lo suficientemente inocente para no saber lo que debía saber en ese punto. Llegamos a mi casa; mis padres no estaban. Busqué la grabadora: era una Sony con agarradera y bocinas en forma de cara enojada. Puso el disco, se acostó en el suelo y cerró los ojos.

—Acompáñame, este disco se escucha así.

Si mis padres me encontraban acostado con una desconocida en la sala, de seguro nos regañarían. Fernanda me enseñó que había mujeres por las que vale la pena correr riesgos.


Breathe, breathe in the air.

don't be afraid to care.

leave but don't leave me.

look around and choose your own ground.

Sonó la primera canción. Nuestras manos se encontraron; estaban increíblemente calientes, como si tuvieran magma en lugar de piel. La canción llegó a sus notas más altas; noté su pecho inflado. Sonreía con los ojos cerrados, como queriendo absorber cada riff de guitarra y fusionarlo con su alma. Tenía un volcán en el suelo de mi sala mientras sonaba el mejor disco del mundo.

—¿Beto, ya disté tu primer beso?

—No, ¿y tú?

—Quiero darlo mientras suena esta canción.

Me besó, nos besamos y luego nos volvimos a besar. Eran besos torpes, sin ritmo, con un uso temeroso de la lengua, saliva abundante; sus dientes metálicos mascaban las ligas rojas de mi corazón. Sin darnos cuenta, nos habíamos besado durante tres canciones.

La canción "Money" comienza con una estridente alarma de reloj. Fue hasta ese momento que logramos salir del trance y despegar nuestras bocas. Nos vimos a los ojos; ella juzgaba la posición de mis manos en su blusa y luego buscó mi rostro para volver a sonreír. Nos quedamos acostados, hasta que el disco terminó.

—Tengo que irme, ¿Te gustó el disco?

—Es lo mejor que he escuchado.

—¿Te lo dejo para que lo vuelvas a poner?

—Sí, con una condición,

—¿Cuál?

—¡Vuelve mañana!

—¡Me encanta! Tengo más discos.

—¡Escuchémoslos todos!

Nunca volví a ver a Fernanda. Fui un año entero a clases; me sentaba al lado de la puerta esperando ser el primero en verla llegar. Nunca pasó, no supe nada de ella; simplemente desapareció. Pregunté a mis compañeros, al maestro, a los vecinos; nadie recordaba haberla visto antes. Pensé que me estaba volviendo loco. ¿Era un fantasma? ¿Un alíen? ¿Quién? ¿Por qué?

Un día llegué a casa y puse su disco, desde la primera hasta la última canción, recreando aquel día en mi mente. Sentía en mi nariz su olor a sudor y el sabor a elote metálico. El impresionante calor que despedían sus cachetes. Escuché tanto ese disco que se terminó rayando.

El momento más triste de mi corta adolescencia fue aceptar la muerte de ese disco. Antes de tirarlo a la basura. Noté que, al despegar un poco la portada, había algo escrito en tinta roja: —Fernanda 2001—. Saber que existió era lo único que necesitaba para volver a estar en paz.

Pasan los años y, después de comerme un elote, me descubro pensando en Fernanda. ¿Se habrá dado cuenta de la costumbre autoimpuesta que me regaló? Escuchar música acostado en el suelo con los ojos cerrados. Ella ahora no es más que un susurro que habita en mi extensa colección de discos, llevándome siempre al mismo momento, al mismo lugar.


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