El sudor escurre por su frente
mientras calibra la antena con las pinzas de sujeción. Necesita un generador a
gasolina que alimente la máquina PEM. El cuarto se llena de calor y vapores de
combustión. Faltan dos horas para que el planeta esté en la posición adecuada.
Vigila todo desde los monitores. Tiene que esperar el pico más alto para
disparar la señal.
Un olor a carne quemada invadió
su nariz. Se ahoga; el humo se escurre hasta su garganta. Tose mientras busca
el origen. Observa la maquina. Encuentra en los ventiladores una lagartija; la
piel achicharrada se le pega a los dedos. Arde, duele, los mueve con
desesperación, se mete los dedos a la boca y siente el sabor del animal. La
temperatura sigue en aumento. Va a la sala en busca de algo que le ayude a
retirar los restos.
Por primera vez se hace
consciente del desorden y de la basura acumulada: latas de bebidas energéticas,
vasos de sopas instantáneas y un montón de ropa llena de moho. No hay tiempo;
debe apresurarse. Encuentra una bolsa de frituras que usa como guante.
—¡Te agarré!
La lagartija había provocado un
pequeño cortocircuito. El cortafuego había funcionado de maravilla. La GPU de
la caja seguía intacta, aunque debía reiniciar todo por precaución. Eso le
llevará unos veinte minutos. No se desespera; había presupuestado holguras para
los errores más imprevistos.
Entró a la cocina; el salitre se
había tragado la mitad de la pared. Abrió el refrigerador y tomó un contenedor
de plástico que tenía una nata blanca con grumos café. Sintió en la nariz una
combinación de olores entre madera y leche podrida.
—¿Cuánto lleva
esto aquí?
Al reverso había una nota: «Te
dejamos pastel. Es una lástima que no pudieras venir».
—¿Cumpleaños de quién fue?
Hace unos meses, alguien dejó un
sobre bajo su puerta. Tenía letras en ruso seguidas de un montón de números
indescifrables… a menos que seas un experto decodificador de lenguajes binarios
rizomáticos. Cuando logró leerlos, encontró trayectorias de satélites. Alguien
sabía de su trabajo y decidió ayudarle. Tres bips sonaron por toda la casa. El
sistema había sido restaurado. Se sentó frente a los monitores de la MÁQUINA
PEM.
—Ucrania (conectado). Francia
(conectado). Reino Unido (conectado). Estados Unidos… (conectado).
Dentro de las señales había una
que no lograba identificar: «La frecuencia Kirchhoff», un nudo catódico que une
a todas las señales. La curiosidad fue lo que le hizo abrir ese sobre con
letras rusas, y es esa misma curiosidad la que le hace accionar la MÁQUINA PEM.
El GPS detecta el punto
vulnerable. Los tubos catódicos se calientan y toman un color rojizo; el
aluminio resiste con la ayuda de los disipadores.
Las paredes están cubiertas de
papel aluminio que potencia la señal. Las luces de la ventana llaman la
atención de algunas aves que se asoman al rayo y caen muertas por el calor de
las ondas.
—Anclaje
terminado. Tengo señal.
La pantalla de la computadora
proyecta al pingüino de Linux tras unos fuegos artificiales. El plan funcionó.
Podía activar todas las bombas nucleares o revelar los secretos del gobierno.
Tanto poder a un golpe de teclado. Conectó todos los aparatos que pudo para
hacer una gran consola de control: celulares, botones, palancas; todo
previamente programado, incluso una televisión de antena.
—Parece que
aún hay satélites que arrojan imagen analógica.
Señales catalizadas se convierten
en imágenes y sonidos en la TV. Aparece un fondo negro, seguido de un zumbido
agudo. Poncha unos cables para conectar la repetidora que grabará todo lo que
pase.
Aparece un punto blanco en la
pantalla; empieza a hacerse más y más grande. El chillido se vuelve aún más
insoportable, haciéndolo taparse los oídos. En letras de neón morado aparece:
«La frecuencia Kirchhoff».
—¡Qué mierda
es esto!
La imagen muestra un salón
completamente rojo. Sentado en un sillón amplio, aparece un hombre que, en
lugar de rostro, tiene un agujero, como si alguien lo hubiera golpeado y su
cara fuera de plastilina. Viste una camisa blanca ensangrentada; sus movimientos
son lentos y gira la cabeza de lado a lado.
La máscara comienza a caer: es
una prótesis. Sus inhalaciones se vuelven violentas; algo lo está ahogando. Se
desmaya sobre el sillón. Una enfermera con la misma máscara aparece y le
inyecta un suero azul que lo reanima. El verdadero rostro del hombre se asoma:
está lleno de pus y cicatrices abiertas. La lengua ha sido amputada; los
labios, también. Solo queda una cicatriz grotesca, cosida con hilos negros que
amarran lo que resta de su boca.
Un par de figuras antropomorfas
aparecen; tienen piernas de animales, el sonido de sus pezuñas se hace muy
presente, están desnudos de la cintura para abajo; arriba llevan un esmoquin
abierto donde se asoman sus pectorales peludos. Sus miembros comienzan a
erectarse, son largos como serpientes y gruesos como tarros de cerveza. Se
acercan a su víctima. En sus hombros traen cabezas de caballos que chorrean
sangre brillante; sus ojos se mueven sincronizados con los testículos en una
danza bizarra. Uno de ellos comienza a verter algo parecido a aceite en la
garganta del hombre torturado.
Mientras lo hace, el otro pasa su
mano por su pecho; llega a su entrepierna y comienza a sobar su miembro. Se
estremecen, están a punto de llegar al éxtasis. El espeso semen blanco es
expulsado con la potencia de una manguera. Lejos de terminar, el caballo más
alto comienza a usar la garganta súper lubricada de la víctima como masturbador
para su disfrute enfermo.
—No es la peor
película porno que he visto.
Está a punto de presionar el
botón de borrar cuando la imagen cambia. Unas letras rusas en cursivas dicen:
«Все совершают ошибки» (Quien tiene boca, se equivoca). Su curiosidad lo obliga
a seguir viendo. Ahora no hay hombres caballo; es el video de una cámara de
seguridad. La imagen cambia de nuevo, es de una calle. Los edificios del fondo
se le hacen conocidos. Luego aparece un banco; se da cuenta que es el mismo
banco donde su madre trabaja de cajera. Otro salto lo lleva al campo de béisbol
de la preparatoria donde estudió. Una imagen se queda quieta por fin: es una
habitación de cuatro por cuatro con una alfombra azul y las paredes cubiertas
por papel de aluminio. Solo hay un hombre viendo una pantalla. El hombre no se
mueve; así pasaron unos veinte minutos.
—Qué aburrido.
Cuando se levantó para cambiar de
canal, el hombre de la pantalla se movió también; sintió un miedo que lo
paralizó por completo. Movió el brazo izquierdo y el hombre movió el brazo
derecho. Comenzó a buscar desesperadamente la cámara; entre más se acercaba, la
perspectiva de la imagen cambiaba. Había cámaras en la cocina, en el
refrigerador, en los cajones, en la sala, dentro de LA MÁQUINA PEM.
—¡Me están
grabando! ¡Todo este maldito tiempo me estuvieron grabando!
Tomó el galón de gasolina que
guardaba y lo roció por todo el departamento. El show en la pantalla
continuaba; la imagen se había movido a la cámara del pasillo de su edificio.
Se ven a los hombres caballo galopando a toda velocidad. Tenía el fósforo encendido
en la mano cuando escuchó que tiraron la puerta. Dejó caer el fósforo sobre los
bidones de gasolina y el departamento comenzó a incendiarse. El fuego consumió
primero a la MÁQUINA PEM, la basura, los muebles y a los hombres caballo, que
no parecía afectarles el fuego. Mientras el humo le nublaba la mirada y se iba
desmayando lentamente, lo último que vio fue la cara de los caballos
acercándose.
Los vecinos
llamaron a los bomberos y les dijeron que en ese departamento vivía un hombre
extraño que solo salía de su cuarto para recoger el correo. Cuando llegó la
policía, lo calificaron como un suicidio accidental. Estaba jugando con motores
a gasolina en un cuarto encerrado; cualquier chispa pudo haber iniciado el
incendio. Ni los bomberos, ni la policía, ni los vecinos hicieron la pregunta
más importante: ¿Dónde está el cadáver?
El día después del pitch en la
frecuencia Kirchhoff apareció en letras neón morado el anuncio de un nuevo
programa de televisión llamado ОГОНЬ ВХОДИТ В МАШИНУ (FUEGO CAMINA EN
MÁQUINAS): «Tan impresionante que desearás que no sea real». Como imagen final
había un departamento lleno de máquinas chamuscadas y, en el centro, un sillón
rojo con un cuerpo quemado, sin ojos, sin lengua, sin labios. A su lado, dos
hombres caballo listos para dar un gran espectáculo.
¡FELIZ AGOGUIN!