En las noticias dieron la recomendación de no salir de casa porque se acercaba un huracán llamado Ingrid. Reí, qué ironía que se llame igual que… Sonó el timbre; cuando abrí la puerta, el viento era tan fuerte que me empujaba hacia adentro. Entrecerré un poco los ojos; las gélidas gotas de lluvia golpeaban mi rostro como si fueran cubitos de hielo. Cuando logré acostumbrarme, parado frente a mi estaba Will, mi mejor amigo.
—¡Qué haces aquí con esta lluvia! ¿Cuándo llegaste? Me hubieras avisado para ir por…
Detrás de su espalda se asomaron los profundos ojos cafés de Ingrid. Su pequeño cuerpecito temblaba sin parar; habían compartido el mismo paraguas todo el camino y tenían la mitad del cuerpo mojado.
—Déjanos entrar, tengo mucho frío.
—No se supone que tú me…
Will la interrumpió.
—Déjanos pasar, tenemos frío.
—Vengan, les preparo un café para que entren en calor.
—¿De verdad podemos entrar?
—Pareciera que no me conocen. ¡Vamos, entren!
Mi amigo se recostó con las piernas abiertas en el sillón de la sala. Fui por un par de toallas.
—Me estás mojando el mueble, sécate antes de sentarte.
Ingrid escondía su aliento entre sus palmas, moviéndolas frenéticamente para entrar en calor. Le cubrí el rostro con la toalla.
—Sécate, tengo unas camisas nuevas por si quieren cambiarse, aunque creo que a ti te quedarían enormes.
—No, no, no exageres. Con la toalla está bien.
Ella no dejaba de ver el suelo. Mordía sus labios y jugaba con su lengua dentro de su boca.
—Y bien, ¿Qué hacen aquí?
—Mmmm.
—De verdad, ¿Qué hacen aquí?
Will se levantó rápido del sillón y se dirigió a ella. Le sacó de su bolso izquierdo una carta que me entregó.
—Al principio quería que yo te diera esto, ¿Qué me creen? ¿Su mandadero? Le dije que viniéramos.
Se molestó un poco por su brusquedad, aunque agradeció que hubiera alguien para romper la tensión que nos agobiaba a ambos. Confiaba en Will tanto como yo en él.
—Hey, Rick, ¿Y el Play?
—En el cuarto, me quedé jugando toda la noche hasta que me quedé dormido.
—Bueno, ahí se ven, hagan lo suyo. Por el amor de Dios, hablen.
Ya solos comenzamos a hablar sentados en la sala.
—¿Aún tienes los DVD que te regalé?
—Sí, son películas, no tienen la culpa de lo que pasó.
—¿No vas a leer la carta?
—Bueno, no sé si hacerlo; ya que estás aquí, cuéntame qué dice.
—No, léela.
Era un papel morado con una presuntuosa letra femenina, de un trazo tan grueso que podría traspasar el papel. La primera palabra era perdón. Algo tan frío como las gotas de lluvia comenzó a recorrer mi rostro; eran lágrimas. La volví a leer de nuevo y de nuevo intentando buscar una respuesta que no fuera tirarme a sus pies.
—¿De verdad te vas del país para siempre?
—Sí, me voy a ir a vivir con mi papá, me consiguió un buen trabajo. No quería irme sin antes pedirte perdón. Siento que te lastimé, pero créeme, no era mi intención.
—Jamás me imagine que esto pasaría.
—Fuiste mi primer amigo en la ciudad, antes que todos. Si tú me no hubieras dicho “Hola” no hubiera pasado momentos tan bonitos con tanta gente.
—¿Lo saben los demás?
—No quiero darles explicaciones. Después de que nos peleamos supe que nada volvería a ser igual.
—¿Por eso te vas?
—No, es que este no es mi lugar.
—Ojalá esos momentos hubieran durado para siempre.
—Lo fueron.
—¿Cuánto tiempo es para siempre?
—¿Recuerdas cuando empezamos a hablar por las noches? Nunca decías “nos vemos mañana” o “adiós porque no querías que esa conversación terminara. Hablábamos hasta que alguno de los dos se quedaba dormido y seguíamos hablando en la mañana como si nada. Quiero que esa semana sea así.
—¿Cómo era antes?
—Como cuando éramos amigos, que salían a caminar al parque, que escuchaban música y veían películas.
—¿Te arrepientes de que fuéramos novios?
—Para nada, menso, es solo que somos demasiado parecidos. Terminé odiando lo que veía de ti en mi.
—Una semana.
—Una semana que no termina.
Buscó desesperada entre las películas que tenía regadas bajo la televisión hasta que encontró “Casa Blanca”
—Siempre tendremos la última semana de noviembre en Huimanguillo.
—¿Te acuerdas cuando vimos esta película?
—Sí, nada sutil de tu parte.
—Jurabas que no te iba a gustar y no dejabas de llorar cuando terminó.
—Me abrazaste.
—Luego hablamos toda la noche.
—¿La semana que no termine? ¿La quieres?
—La tendremos para siempre.
Will estudiaba en otra ciudad, era un viaje de más de seis horas. Estaba cansado y se quedó dormido mientras jugaba. Le puse una colcha y le quité los zapatos.
—Duérmete un rato, te llevo a tu casa cuando te despiertes.
Cuando regresé tenía el control remoto de la televisión en la mano, había puesto una película en el DVD
—¿Qué pusiste?
—Casa Blanca.
—y pensar que no te gustaban las películas en blanco y negro.
—¿Con que botón es que se adelanta?
—¿Hasta que parte?
—Tócala Sam, déjame recordar. “El tiempo Pasará”
—Se me ha olvidado esa canción. No recuerdo esa melodía
—Te la recordaré, Tarara taraa raa raa
Mientras la canción sonaba y la televisión iluminaba el último lunes del mes de noviembre, Ingrid y yo bailamos con los labios pegados y el alma lista para vivir la más hermosa semana interminable. Al Ritmo de…
"Debes recordar esto, Un beso es solo un beso, Un suspiro es solo un suspiro. "