Es difícil de explicar, pero la época más feliz de mi vida fue en la secundaria. No por las razones que podrían imaginarse. No tenía amigos, nunca tuve novia. Era buen alumno; brillante, diría yo. Nunca me destaqué socialmente y, aún así, era feliz. ¿Por qué?
Recuerdo cada uno de los “Recreos”, esas pausas entre clases. La mayoría iba a comprar comida a la tienda, a platicar con amigos o a jugar futbol. Yo no. Me iba al fondo de un área verde, escondido entre la maleza había un busto —una estatua— de un héroe revolucionario cuyo nombre no recuerdo. Debajo hay un pequeño zócalo de cemento de aproximadamente un metro por un metro. El busto daba sombra al cuadro sin importar la hora del día.
Sacaba de mi mochila un reproductor de música, que escondía dentro de una lonchera. Estaba obsesionado con tres bandas: Rammstein, The Cure y Depeche Mode. Ocasionalmente iba al cibercafé e imprimía traducciones de las canciones que más me gustaban. Las pasaba a mi libreta una y otra vez hasta que, sin darme cuenta, comencé a modificarlas, a imaginar qué querían decir en realidad.
Así comencé a escribir: extrapolando en palabras lo que la música me hacía sentir. Luego, de manera orgánica, comencé a dibujar a un personaje llamado Mini Darki, una combinación de un darketo al estilo Robert Smith, con la actitud de Dave Gahan y la poesía de Till Lindemann. Hacía muchos dibujos de ese personaje, diciendo lo que yo no me atrevía a decir.
En mi pequeño escondite reía, jugaba, dibujaba, escribía y me emocionaba con la inmensidad de sensaciones que me atravesaban cuando descubría una canción nueva, un artista nuevo. Comencé a tomar libros de la biblioteca y terminé leyendo sonetos de Shakespeare.
Todos se preocupaban por mí. Decían que siempre estaba aislado, que tenía cara de enojado; no sabían si era una persona triste o violenta. Lo era, cada vez que alguien osaba perturbar mi guarida. Mis ojos se volvían furiosos y les decía:
—¿Qué verga quieren? ¡Váyanse de aquí!
La mayoría de las veces eran compañeros de clase que venían a pedirme la tarea; otras, compañeras a las que les “llamaba la atención” y querían conocerme. Tras provocarles una incomodidad evidente con mi cara de pocos amigos se iban. Ese alivio, cuando por fin me dejaban solo, era incomparable.
Volvía a lo mío: a mis audífonos, a escuchar a los pájaros, a mirar el sol atravesar las hojas de los árboles; a dibujar, a pintar, a leer. Todo era mío. Todo era felicidad. No quería nada de nadie, no le daba nada a nadie.
Me gradué con honores. Desde mi percepción, siempre he hecho lo mínimo indispensable, pero para los otros soy extraordinario. Esa fue una de mis primeras grandes contradicciones.
Ya en la preparatoria la historia fue más o menos igual, con una diferencia: ahora tenía amigos. Hasta aquí, esta podría ser la historia de un tipo normal haciendo cosas de tipo normal. Pero un día, sin ninguna razón,
DEJÉ DE DORMIR.
No recuerdo cuándo pasó, pero sí la sensación de pensar: creo que tengo un problema. A todos nos da insomnio por muchas razones: estrés, preocupación, haber salido de fiesta varios días seguidos. Llevaba dos meses sin dormir más de tres horas.
En la cama, apagaba todo y, cuando cerraba los ojos, mi cerebro recibía una señal de alarma e inyectaba una especie de glicerina que incendiaba mis pensamientos y me hormigueaba la piel.
Me despertaba, iba a la cocina, tomaba agua, ponía música, leía un libro. El sueño llegaba. Sí. Volví a la cama y el ciclo se repetía. Mi cama se volvió radiactiva para mi sueño.
Cuando uno no duerme pierde muchas cosas importantes que suelen darse por alto. Para mí, la más importante y dolorosa fue perder la capacidad del presente: sentir que existes en un lugar, al mismo tiempo, en el mismo momento. Jamás he logrado volver a sentirlo. Quedarme dormido en cualquier lugar; poder disfrutar de las plantas, del aire, de la música misma, como solía hacerlo en la secundaria.
De repente, mi mente empezó a ser habitable en diferentes tiempos: un ir y venir constante entre exceso de pasado y necesidad de futuro. Siempre que estoy en un lugar no dejo de pensar. A veces entro en una especie de trance, un desfase, donde siento que sé lo que está por pasar y cada segundo es una constatación de ello: esta persona va a estornudar en tres, dos, uno… salud; esta otra me quiere dar un beso; este otro se va a enojar cuando le diga que…
Esto quiere decir que soy incompatible con la felicidad. Si eres feliz en el pasado, no estás siendo feliz: estás melancólico. Si eres feliz en el futuro, estás siendo ingenuo. La felicidad es, entonces, presentista.
¿Cuándo volveré a ser feliz? ¿Cuánto tiempo tendré este problema? La respuesta corta es: nunca. La respuesta larga es: para siempre.
Me evadía con la idea de que tenía una especie de superpoder: ¿Quién necesita dormir cuando eres joven? Usaba ese tiempo para adelantarme a todo. Por las noches dibujaba, escuchaba música, veía películas, escribía poemas sin demasiada preocupación; estudiaba por placer o para matar el tiempo. A las tres de la mañana mi cuerpo se apagaba y a las seis, me despertaba para ir a la escuela.
El cansancio era una consecuencia lógica, así que buscaba formas de sentirlo lo menos posible. Fui de los primeros amigos en llegar a la escuela con un vaso de café. Luego vinieron las bebidas energéticas, los shots de azúcar a través de dulces y helados: cualquier cosa que pudiera quitarme ese sueño momentáneo. Nunca sentí que fuera un problema, pero nada es un problema hasta que lo es.
Me terminó sucediendo lo que a muchos hombres nos sucede: me enamoré y me rompieron el corazón. ¿Es este el motivo de mis padecimientos? Por supuesto que no. Odio esa idea, tan extendida entre escritores, de ponerle nombre y apellido a sus problemas. Todo tiene complejidades más profundas que un simple “mal de amores”.
Tuve mi primera alucinación cuando venía manejando de regreso de un entrenamiento nocturno de fútbol americano. Esa semana había dormido, quizá, un total de quince horas esporádicas. Entrenaba todos los días, iba al gimnasio y me atascaba de bebidas energéticas. El estéreo se había descompuesto, así que venía en completo silencio. Al ajustar el espejo retrovisor, la vi. Estaba ahí, conmigo en el carro. Me vio y sonrió.
Tuve mi primer ataque de pánico. Me asusté tanto que casi incrusté el coche en una cuneta. Terminé en el estacionamiento de una gasolinera, con una opresión brutal en el pecho, mirando al cielo, completamente solo, intentando explicarme por qué acababa de ver al fantasma de mi ex sentado en el carro.
Esa relación no fue particularmente mala ni particularmente buena. Fue una relación de juventud. Mi primer aprendizaje: no debes juntarte con alguien solo porque “te parece bonita”. Después de ese ataque nació la necesidad de ir al psiquiatra; quizá había algo que no estaba viendo.
Durante un año de consultas me dijeron muchas cosas. Me hicieron muchos estudios. Era un gran doctor: nunca se apresuró a afirmar nada sin pruebas que lo respaldaran. Lo primero que me dijo fue que tenía que dormir. Luego vino el cóctel de entrada al mundo de la neurodivergencia: sertralina y escitalopram. Al año de consulta me dijo:
TIENES TRASTORNO BIPOLAR.
Lo dijo apenas me senté en esa sesión, seguido de un: —Entiende una cosa: no eres un diagnóstico, eres Mitch. Cada lo ve en una receta, queda anclado a esa frase, como una especie de mantra. No soy un diagnóstico, soy Mitch. Me pregunto si es una frase ensayada o algo que le salió de la galera.
Lejos de sentirme especial, me sentí triste y aliviado al mismo tiempo. Saber que todo lo que te pasó tiene un nombre y una corporalidad te hace sentir que no estás loco, aunque semánticamente lo estés.
Lo más complicado de los medicamentos es encontrar tu medicamento. Una decisión más caótica que elegir pareja. Una mala cita la tiene cualquiera; un mal cruce de alprazolam con zolpidem puede arruinarte la vida para siempre.
Con el uso diario de medicamentos comenzó la acidez: una consecuencia más mental que física, pues nunca encontraron una razón orgánica para explicar por qué el estómago me ardía todo el tiempo. La comida siempre me cae pesada: a veces como mucho, otras muy poco. Vomitar se volvió un hábito. No es buscado ni provocado por atracones; al contrario, a veces iba caminando por la calle y sentía cómo un bolo de líquidos innecesarios subía del estómago a la garganta en cuestión de microsegundos. En lugar de escupir, vomitaba ahí mismo, en el suelo. Caminaba, vomitaba, escupía un par de veces y seguía con lo mío. Cuando me pasaba en la calle, la gente se alarmaba y no sabía bien qué decir. Vomitar, para mí, es como escupir: sucede rápido.
En esos ires y venires de la vida, mis emociones han fluctuado caóticamente, como la comida en mi estómago. Me explicaron la bipolaridad no como ataques violentos, sino como ser un surfista en medio de un huracán emocional. Hay rachas —buenas rachas— que, si se prolongan, se llaman hipomanía: periodos largos de energía que pueden durar días o incluso semanas. No necesito dormir: necesito crear, hacer cosas. Nunca voy a estar satisfecho, hasta que el cuerpo colapse.
La otra parte es la depresión. Es cuando el cuerpo por fin se rinde y entra en una especie de descanso obligado; se fuerza a detenerse para no colapsar, junto con la mente y las emociones. Quedar en blanco por completo: mirar un punto en el techo sin sentir el paso de las horas ni de los días.
Como en todo huracán, hay momentos en los que parece que vas a morir, pero no te mueres… hasta que te mueres. Yo he muerto muchas veces. Muero un día y al otro también. Podría contar mis intentos de suicidio —que son muchos—, pero lo que aprendí escribiendo estos ensayos es que mi suicidio es una proximidad que me mantiene a flote. Me siento vivo porque sé que voy a morir. El sentido de mi vida es la logística constante de aplazar mi muerte.
Elegí que yo elegiría mi muerte; por eso aún no muero. No moriré con los brazos cortados, no moriré colgado en mi cuarto, no moriré intentando saltar de un edificio. Aún no sé cómo voy a morir, pero cuando sepa que es la forma que quiero, moriré sin pensarlo.
Vivir con bipolaridad no tiene nada de fantástico ni de romántico, como quieren hacerlo creer los TikToks virales o las películas de Hollywood. Es una vida sumamente normal, con demasiados inconvenientes, y si existiera una cura, la tomaría sin pensarlo.
No todas las experiencias son iguales; esta es solo mi forma de vivir la bipolaridad. Para mí, lo más importante ha sido poder escribir historias. Volverme escritor se convirtió en la forma definitiva de vencer a la muerte.
Quiero escribir algo tan bueno y significativo que todos sepan qué es, pero no sepan quién lo escribió; algo tan magnífico que no necesite un nombre. Entonces seré infinito. Que todo el mundo me conozca y, por eso mismo, nadie sepa mi nombre —o al menos, mi nombre real— Por eso hablo de lo que hablo, por eso soy quien soy: un dinosaurio bipolar.