Al terminar su libro, *No hubo barco para mí*, Luis González de Alba se encontró en un hermoso hotel de Grecia con vista al Partenón. Tras escribir el último párrafo, una melancolía profunda lo invadió. Era la primera vez que no visitaba la tumba del amor de su vida en su cumpleaños. Atrapado por su recuerdo, no podía seguir adelante con su vida. Su terapeuta, en un último intento por ayudarlo, le ordenó que abandonara la ciudad por esas fechas.

Ese día, planeaba hacer lo que más le gustaba: comer el mejor cordero de toda Europa, beber el mejor ouzo de Grecia y escribir sin parar. Así era Luis.

Una sombra lo acechaba, empujándolo lentamente hacia el balcón de su habitación. Cruzó la barandilla y permaneció allí veinte minutos, pensando que solo veinte pisos lo separaban de poner fin a su sufrimiento, de reunirse con Raúl en aquel barco. ¿Vale la pena vivir? 

(Eso es lo que imagino que pensó en ese momento).

Fue entonces cuando, desde el restaurante, escuchó:

"Κουράστηκα και φτάσαμε αργά, αλλά όσο κι αν περπατήσω, θα προλάβουμε το τελευταίο τραμ."

(Me cansé y llegamos tarde, pero no importa cuánto camine, alcanzaremos el último tranvía.)

Era una canción que conocía desde niño. Hacía mucho que no la oía, y en ese momento quiso escucharla de nuevo. Bajó del balcón, corrió al restaurante y les pidió a los músicos que la tocaran otra vez, esta vez completa, ya que la había interrumpido con el alboroto. Ellos accedieron, pero con una condición. Que Luis la cantara con ellos, Y así fue.

Luis cantaba entre lágrimas, sabiendo que tenía que darse prisa, porque el tranvía de la vida aún tenía un lugar para él. No sé por qué cuento esta historia, pero me gusta. Me gusta ver cómo la música, el arte y la literatura son un salvavidas en un mundo cada vez más frío y triste. Solo nos tenemos los unos a los otros.

Dime qué significa eso.

 

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