MIS INICIOS PEGANDO DINO STICKERS
Recuerdo vívidamente la reunión de trabajo con
mi amigo Letra Fina, cuando trabajábamos en la identidad gráfica del libro Lágrimas
del Dinosaurio. En medio del proceso, me dijo: «El problema con muchos
libros actuales es que carecen de una identidad propia». Propuso, entonces,
partir de la idea central del libro y expandirla: romper con la noción de que
un libro es únicamente un objeto cuadrado lleno de letras.
Acepté. Entre las múltiples propuestas que
desarrolló, me envió una carpeta titulada «Merch», en la que aparecía el
dinosaurio de la portada convertido en sticker. Además, sugirió incorporar un
código QR para vender el sticker y permitir que los lectores descargaran el
libro. La idea me pareció brillante. No todo el mundo puede pagar 150 pesos por
un libro, pero sí 10 por un sticker. Al final, se trata de un archivo PDF que
puede compartirse por WhatsApp, piratearse o subirse a Drive.
La cuestión es esa: ¿Cómo llegar a más
personas? ¿Me interesa vender libros o me interesa que lean mis libros?
Ese fue el inicio de mi camino en la gráfica.
Decidí profundizar: imprimir antiguos dibujos que tenía y añadirles el código.
Me recomendaron una imprenta, «Imprentas Leo», un viejo conocido de la escena,
sumamente amable y accesible para escuchar ideas. Imprimimos los primeros
dinosaurios con QR y no pasó nada… Mi ansiedad, o mis ganas de ser leído,
hicieron que esos stickers me picaran en la mano y comencé a pegarlos en la
ciudad.
Como todo ingeniero, necesito cierto control,
así que vinculé el QR con un servicio: «Solo», una especie de repositorio que
me permite ver el tráfico cada vez que el código es escaneado.
Ordené todo en carpetas de Drive. Tenía un
montón de cuentos publicados en revistas y periódicos que no podía distribuir
como quería; varias epístolas —pensamientos sobre la sociedad en su presente—
y, claro, el libro de poemas.
Comencé a pegar por las calles por las que
pasaba, y me daba cierta felicidad volver al día siguiente y verlos ahí,
pegados, como diciendo: «Ayer estuve aquí y, mañana, posiblemente, también».
Los números, de un día para otro, se
dispararon. Llegué a tener cientos de escaneos; me gustaría saber qué sticker y
en dónde estuvo la chispa que encendió todo, pero pasó. Actualmente, tengo
entre 20 y 30 escaneos diarios y más de 500 descargas de mis múltiples textos.
Sorprendentemente, la idea que me dio Letra
Fina funcionó mientras más profundicé.
UNA NUEVA NECESIDAD
Nunca he sentido ese tal bloqueo creativo del
que todos hablan; cuando quiero, suelo escribir sin parar.
Cuando sientes que tienes una audiencia, surge
la necesidad de alimentarla. Tener un público moviliza muchísimo; es una
experiencia nueva y emocionante. Por eso comencé a hacer fanzines: lo hice
porque me di cuenta de que nadie más lo estaba haciendo, por lo menos no de
manera escrita.
Comencé una revista digital donde soy
periodista, entrevistador, escritor, editor, saco fotos y publicista. Me lo
tomo con calma. Es casi como una entidad: una segunda vida digital, donde
siempre que escribo algo nuevo es porque genuinamente me encanta.
ALGO ESTÁ PASANDO
Escribiendo la revista, yendo a eventos y
platicando con gente, me di cuenta de que algo se estaba transformando en mi
entorno.
Esta teoría la he comentado muchas veces, pero
nunca la había puesto por escrito; aquí va:
Había una escena antes de la pandemia: una
escena con muchos problemas, muy viciada, elitista, llena de cacicazgos, áspera
a los cambios y cerrada a la entrada de gente nueva. Por escena me refiero a
todas, desde la gráfica hasta la intelectual.
Entonces llega la pandemia y absolutamente todo
se tiene que suspender. A veces se nos olvida que fue un reacomodo global,
principalmente porque formamos una «segunda vida» ciento por ciento digital.
Quienes vivían de hacer eventos, repartir dádivas o coordinar desde el poder
intelectual se vieron desarticulados por completo.
La gente, aburrida de los mismos tres o cuatro
excompañeros de la prepa, comenzó a usar sus redes como una forma de conocer
personas nuevas. Antes era raro agregar gente a tu FB; ahora basta una ojeada a
sus memes compartidos y ya está.
Entonces, durante la pandemia, en redes
sociales, los grupos y tribus urbanas se comenzaron a juntar en sus feudos
digitales: los punk con los punk, los rockeros con los rockeros, los dark con
los dark, los grafiteros, etcétera. Siempre buscando una línea imaginaria de
compatibilidad. Las redes sociales crecieron; pregúntense cuántos amigos solían
tener en FB antes de la pandemia y cuántos tienen ahora.
Luego llega la etapa pospandemia. Antes había
dos o tres eventos cada seis meses; lo que estamos viviendo ahora, en contraste
con el pasado reciente, es una locura: tener tres o cuatro eventos cada fin de
semana.
Estos grupos comenzaron a reunirse en sus
propios espacios, agujeros funkie, pero ya tenían una forma distinta de
interactuar que aprendieron en redes sociales: el «agregar» se volvió sumamente
fácil.
Dejó de ser necesario ser artista para consumir
arte, lo cual siempre debió ser natural. No necesito un título para disfrutar
de una muestra de pintura en un centro cultural; no necesito haber estudiado
todas las obras de Mozart para disfrutar de una big band tocando música de
películas.
A eso me refiero: no necesito saberlo todo para
poder disfrutarlo.
Entender esto nos hizo mucho bien y nos
devolvió el poder a nosotros, los espectadores/clientes. No siempre se trata de
dinero, pero siempre se trata de dinero. La escena under, económicamente, es
más redituable que la escena intelectual.
Concluyo, entonces, que la escena artística en
Tabasco está avanzando a pasos agigantados: muchos conciertos, muchas
propuestas musicales, mucha vida real, mucho humano viendo a otro humano. Nunca
Villahermosa había sido tan hermosa como lo es hoy.
¡GRACIAS POR LEERNOS!